Dejamos a la alcoholizada muchacha, más o menos a salvo de los bancos de piedra. El taquillero de la estación, un hindú con cara de pocos amigos y muchas novias, hace gestos parecidos a cuando se tira la basura, por la cara de asco y por el poco interés en la conservación física del bulto. Y es que en estos momentos la chica es poco más que eso, un bulto o maleta, que zarandeamos de un lado a otro, discutiendo sobre que hacer. El chico tiene sueño, yo no se dónde estoy y no tengo ni idea de hacia donde debo ir, excepto la referencia del citado “globen”. Y al hindú parece esperarle algo muy ameno en casa porque tiene más prisa por largarse que nosotros dos.
Al final, conseguimos meter a la chica en un taxi, después de un par de hostias y un cubo de agua encima. El taxista es bastante amable, y dice que el se encarga. Esto en España me parecería algo surrealista, un especie de sueño bastante improbable, por no decir imposible o más bien utópico.
Me despido de la tropa que he conocido esa noche, preguntándoles primero si hay alguna manera más rápida de llegar a mi hotel. El hindú dice que adiós y el otro chico me comenta algo sobre un bus, pero que no tiene ni idea de si pasan todavía ni a dónde van. Este chico parece especializado en informaciones inútiles. Me cae cada vez mejor. Por no ser descortés, me acerco a la parada del autobús, le pregunto a una señora.
- ¿Sabe de algún bus que lleve cerca del hotel globen?
- … Yo que tu cogía ese.
- Es un taxi.
- Sí, lo se.
- Gracias.
Efectivamente, el taxi me llevo por fin a la 1 de la madrugada y unas cuantas coronas más, al puto hotel de marras. A dormir. Mañana será otro día. Por suerte.







